El burlesque, ese arte que combina sátira, sensualidad y teatro, ha recorrido un camino fascinante desde sus orígenes en el siglo XVI hasta convertirse en una poderosa herramienta de empoderamiento en el feminismo contemporáneo. Lo que comenzó como una forma de burla a las convenciones de la alta sociedad europea se transformó, con el tiempo, en un espacio de liberación corporal, exploración erótica y reivindicación política. Hoy, en ciudades como México, Mendoza y Santiago de Chile, el burlesque ya no es solo espectáculo: es resistencia, diversidad y una invitación radical a habitar el propio cuerpo sin vergüenza ni estereotipos.
Lejos de la imagen superficial que a veces se le atribuye, el burlesque contemporáneo desafía las normas heteronormativas y los cánones de belleza impuestos. Artistas de distintas edades, tallas, identidades de género y orientaciones sexuales suben al escenario para contar sus propias historias. En México, compañías como Delirio Tropical reviven el glamour de los años 70 mientras incorporan actos queer y drag. En Chile, el burlesque ha crecido de cinco escuelas en 2012 a una red nacional que incluye desde Arica hasta Magallanes. Esta evolución no es casual: refleja los avances del feminismo y las disidencias en su lucha por el derecho al placer y la autonomía corporal.
La palabra “burlesque” proviene del italiano “burlesco”, que significa burla o parodia. Surgido en Europa durante el siglo XVI, este género teatral mezclaba comedia, crítica social y sensualidad para ridiculizar los excesos de la élite. No era un arte destinado a las clases altas, sino una expresión de las minorías que utilizaba el cuerpo y el humor como armas políticas. En el siglo XIX, el burlesque ya había cruzado el Atlántico y se consolidaba en Estados Unidos como un espectáculo de variedades donde la sátira se combinaba con números de striptease elegante.
Figuras legendarias como Gypsy Rose Lee y Sally Rand elevaron el burlesque a la categoría de arte durante los años 30. Lejos de ser vulgar, su propuesta era irónica, teatral y sofisticada. El striptease no era el fin, sino el medio para cuestionar las hipocresías morales de la sociedad puritana. Este período dorado sentó las bases de lo que más tarde se conocería como burlesque clásico, un estilo que aún inspira a muchas artistas contemporáneas, aunque ya no es el único referente.
Desde finales del siglo XX, el burlesque experimentó una fuerte revitalización conocida como neo-burlesque. Esta nueva ola abandonó la mera imitación de los estilos clásicos para dar paso a propuestas más personales, políticas y diversas. El cuerpo dejó de ser un objeto de mirada masculina para convertirse en un territorio de exploración, sanación y rebeldía. Artistas como Pedro Kóminik en México definen el burlesque actual como “un gran lugar de encuentro de los cuerpos, las identidades y el placer”, fuera de la convención heteronormativa.
En países como Chile y Argentina, el burlesque se convirtió en un refugio durante la pandemia. Muchas mujeres encontraron en las clases virtuales un espacio seguro para reconectar con su cuerpo tras años de vergüenza o trauma. Rocío Ailín Rodríguez, directora de la primera compañía de burlesque de Mendoza, explica que esta disciplina ayuda directamente en la aceptación corporal y el amor propio, especialmente para aquellas que han sufrido por no encajar en los estándares tradicionales de belleza. Estos temas los exploramos en profundidad en nuestro blog.
El burlesque contemporáneo es inherentemente feminista porque coloca a la mujer (y a las disidencias) como dueña absoluta de su narrativa sensual. Ya no se baila para complacer la mirada masculina, sino para celebrar la propia sensualidad, explorar límites y sanar heridas. Cada gesto, cada prenda que se quita, se convierte en un acto político de reapropiación del cuerpo femenino.
Profesoras como Fernanda Arancibia (Fer Monstera) y Francisca Ordóñez en Chile enfatizan que cualquier persona puede practicar burlesque, independientemente de su experiencia, edad, talla o género. Esta inclusión radical desafía los discursos hegemónicos sobre quién “puede” ser sensual. El Método L.O.C.A. encarna esta aproximación al arte del burlesque.
El burlesque contemporáneo ya no se limita a un solo formato. Han surgido variantes que amplían su alcance y significado: el boylesque (interpretado por hombres), el queerlesque (enfocado en identidades LGBTIQ+), el nerdlesque (que incorpora referencias pop y geek) y propuestas que integran circo, belly dance, drag y performance político. Esta diversificación ha permitido que el género siga vivo y relevante para nuevas generaciones.
En México, espectáculos como los de Delirio Tropical combinan luces de neón, vestuarios con glitter, aro aéreo, Flashdance y números drag que celebran la diversidad sexual. La escenografía minimalista contrasta con la opulencia de los trajes, transportando al público a distintas épocas mientras se abordan temas actuales como el amor entre mujeres o la liberación de la identidad impuesta.
Más allá del striptease, el burlesque actual se caracteriza por su teatralidad, su humor inteligente y su capacidad para mezclar lo sensual con lo político. Cada número cuenta una historia. No se trata solo de quitarse la ropa, sino de hacerlo con intención, con un mensaje y con una estética cuidada que mezcla glamour, ironía y provocación.
La imperfección es bienvenida. El burlesque celebra los cuerpos reales, las estrías, las cicatrices, las curvas y las arrugas. Esta aceptación radical contrasta fuertemente con los estándares de perfección que dominan las redes sociales y los medios tradicionales, convirtiendo cada espectáculo en un acto de resistencia cultural.
En México, el burlesque ha encontrado un espacio privilegiado en teatros independientes y cabarets alternativos. Compañías como Delirio Tropical han logrado mantener viva la tradición mientras la actualizan con perspectivas feministas y queer. Pedro Kóminik destaca que se trata de “dejar que un cuerpo y el movimiento te seduzca más allá de lo que te impusieron como idea de identidad”.
En Chile, el crecimiento ha sido exponencial. De un puñado de escuelas en Santiago y Valparaíso se pasó a una presencia nacional. El reality “Cabaret Burlesque” en 2012 marcó un antes y un después, pero fue durante la pandemia cuando muchas mujeres descubrieron esta disciplina como herramienta de sanación y empoderamiento. Hoy existen academias en regiones que antes parecían impensables para este tipo de expresiones artísticas.
En un contexto donde los derechos reproductivos, la violencia de género y los discursos conservadores siguen amenazando la autonomía de las mujeres, el burlesque ofrece un contrapunto poderoso: el derecho al placer, al deseo y a la expresión libre del cuerpo. No es un feminismo puritano ni moralista, sino uno que integra la sexualidad como parte fundamental de la liberación.
Además, el burlesque desafía el capitalismo de la belleza al demostrar que la sensualidad no está reservada para cuerpos normativos. Al ver a personas de diferentes tallas, edades y capacidades moviéndose con confianza y erotismo, el público también comienza a cuestionar sus propios prejuicios y limitaciones internas. Es, en esencia, un arte transformador.
El burlesque ha pasado de ser una forma de burla teatral a convertirse en un espacio donde las personas pueden sentirse cómodas en su propio cuerpo. Ya no se trata solo de quitarse ropa de forma elegante: es sobre contar tu historia, aceptar tus imperfecciones y disfrutar de tu sensualidad sin pedir permiso. Tanto en México como en Chile, cada vez más mujeres y disidencias encuentran en esta disciplina una forma de sanar, de reírse de los mandatos sociales y de celebrar quiénes son realmente.
Si alguna vez pensaste que el burlesque era solo para “ciertas mujeres” o que requería tener un cuerpo perfecto, la realidad actual demuestra todo lo contrario. Cualquier persona con ganas de expresarse puede practicarlo. Lo más hermoso es ver cómo, acto tras acto, se va construyendo una comunidad que se apoya, se celebra y se empodera mutuamente en espacios como los encuentros de burlesque. El burlesque nos recuerda que todos los cuerpos son válidos, que el placer es un derecho y que la sensualidad puede ser un acto profundamente político y liberador.
Desde una perspectiva más profunda, el burlesque contemporáneo representa una intersección única entre performance studies, teoría queer y praxis feminista. Su capacidad de combinar high camp con crítica social lo convierte en un formato excepcionalmente flexible para intervenir en debates contemporáneos sobre corporalidad, deseo y poder. Las artistas que hoy integran activismo transfeminista, descolonización del cuerpo o crítica al lookismo están expandiendo los límites de lo que este arte puede significar.
El desafío actual consiste en mantener su carácter subversivo sin caer en la institucionalización excesiva ni en la reproducción de dinámicas capitalistas de la visibilidad. Las compañías y escuelas que logren equilibrar excelencia técnica, profundidad conceptual y responsabilidad política serán las que definan el futuro del burlesque como movimiento cultural relevante. Su potencial como herramienta pedagógica de educación sexual y corporal sigue siendo enorme, especialmente en contextos latinoamericanos donde el patriarcado y el conservadurismo religioso aún ejercen fuerte influencia.
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